our lady of guadalupe

Thank you to Panadería Anakaren for the delicious pan dulce they provided for St Patrick’s Our Lady of Guadalupe celebration last night! 


Gracias a la Panaderia Karen por contribuir a la celebración de Nuestra Señora de Guadalupe con su delicioso pan dulce! 

Fr. john robert skeldon's homily

Whenever I teach a class on the psalms or pray them in the liturgy of the hours, I often come across beautiful and powerful imagery that says something about the intimacy of relationship between the Lord and his people. One such case is Psalm 87. In Psalm 87, the place name Zion is used which is a reference to the mountain upon which the temple is built. It often then becomes a metonym for Jerusalem. And it takes on a feminine and even maternal identity: “Zion shall be called ‘Mother,’ for all shall be her children.” (Psalm 87) Thus Jerusalem, the place of the temple mount and the temple—the dwelling place of God on earth—is seen to be like a mother and that all of God’s chosen people are seen to be like children of such a mother.


This is similar to the story of Our Lady of Guadalupe and the events that happened on another mountain—Tepeyac hill. In this story, another people—the indigenous native population of America in the 16th century—are seen to be sons and daughters of another woman, the Mother of God. In her encounter with St. Juan Diego, the one whom he referred to as a “beautiful lady” drew close to him and promised him that she was his mother: “Is it not I, your Mother, who am here?,” she lovingly asked him. The message of this encounter is profound in its implication: the native, indigenous population was just as worthy as their European colonizers of receiving the heart of the biblical message. And that message was that God had come close to his people…that God indeed had visited his people. Just as in the idea that the temple and its environs were like a mother to the chosen people, or that God had come so close to Mary of Nazareth in the Annunciation, so through the visitation of Mary, the Mother of God, to Juan Diego, God once again had come so close in the tender, life-affirming imagery of maternity. (The image on the tilma after all is the only image of the Virgin whereby she is pregnant.) In the words of the prophet Isaiah, “As a mother comforts her child, so I will comfort you; in Jerusalem you shall find your comfort” (Isaiah 66:13). Juan Diego and his people were also sons and daughters of God, and sons and daughters of Mary.


And so are we—all of us. The church is also imaged as a mother. We often speak about Holy Mother Church. And her mantle—her tilma—is broad and wide, encompassing all people. Her divinely-constituted maternal image is for all of us, and as the woman clothed with the sun in the book of Revelation—our second reading—was cared for by God, so we, who are daughters and sons of that mother cared for by our God without prejudice and without distinction. The church is a mother without borders and without walls.


In light of a very important anniversary that the Holy Father will mark tomorrow, December 13th, the next day after the festivities of Guadalupe—his 50 years of life and ministry as a priest—I believe it is very appropriate to conclude this reflection with words from the first pope of the American continent. Because, he also is a son of the Virgin of Tepeyac. Pope Francis in his homily from last year marking the feast of the Morenita, the Virgin of Guadalupe noted, “At the school of Mary we learn that her life is marked not by protagonism but by the capacity to enable others to be protagonists. She offers courage, teaches people to speak, and above all encourages people to live the boldness of faith and hope. In this way she becomes the transparency of the Lord’s face who shows his power by inviting and calling people to participate in building up his living temple. She did this with the indigenous Juan Diego and with so many others to whom, enabling them to emerge from anonymity, she gave voice, let them know her own face and her own history and made them protagonists in the latter, in our salvation history. The Lord does not seek self-centered applause or worldly admiration. His glory lies in making his children protagonists of creation. With a mother’s heart, she seeks to lift up and restore dignity to all those who, for various reasons and circumstances, have been plunged into abandonment and oblivion.”  


As she asked Juan Diego, so she asks us tonight: “My son, my daughter, is it not I, your Mother, who am here?” 



SPANISH


Cuando he tenido la oportunidad de enseñar una clase sobre los salmos o cuando rezo los salmos en la liturgia de las horas, a menudo me encuentro con imágenes hermosas y poderosas que dicen algo acerca de la intimidad de la relación entre el Señor y su gente. Uno de estos casos es el Salmo 87. En el Salmo 87, se usa el nombre del lugar Sión, que es una referencia a la montaña sobre la cual se construye el templo. A menudo se convierte entonces en una metonimia (otro nombre) para Jerusalén. Y adquiere una identidad femenina e incluso materna: “Sión se llamará ‘Madre,’ porque todos serán sus hijos” (Salmo 87). Así, Jerusalén, el lugar del monte del templo y el templo si mismo —la morada de Dios en la tierra—se ve que es como una madre y que todos los elegidos de Dios se ven como hijos de tal madre.


Esto es semejante a la historia de Nuestra Señora de Guadalupe y los eventos que sucedieron en otra montaña—el cerro de Tepeyac. En esta historia, se considera que otras personas, la población indígena de América en el siglo XVI, son hijos e hijas de otra mujer, la Madre de Dios. En su encuentro con San Juan Diego, a quien se refería como una “bella dama,” se acercó a él y le prometió que era su madre: “¿No estoy aquí yo, que soy tu madre?,” le preguntó amorosamente. El mensaje de este encuentro es profundo en su implicación: la población indígena y nativa era tan digna como sus colonizadores europeos de recibir el corazón del mensaje bíblico. Y ese mensaje fue que Dios se había acercado a su pueblo...que Dios en verdad había visitado a su pueblo: así como María visitó a su pariente Isabel en el evangelio de esta celebración. Al igual que en la idea de que el templo y sus alrededores eran como una madre para el pueblo elegido, o que Dios se había acercado tanto a María de Nazaret en la Anunciación, también a través de la visita de María, la Madre de Dios, a Juan Diego, Dios, una vez más, se había acercado tanto en la imagen tierna y afirmadora de la maternidad. (Después de todo, la imagen de la tilma es la única imagen de la Virgen por la que está embarazada.) En las palabras del profeta Isaías, “Como madre consuela a su hijo, así te consolaré; en Jerusalén encontrarás tu consuelo” (Isaías 66:13). Juan Diego y su gente también eran hijos e hijas de Dios, e hijos e hijas de María.


Y así somos nosotros, todos nosotros. La iglesia también es una imagen de una madre. A menudo hablamos de la Santa Madre Iglesia. Y su manto, su tilma, es amplio y ancho, que abarca a todas las personas. Su imagen materna de constitución divina es para todos nosotros, y como la mujer vestida con el sol en el libro del Apocalipsis—nuestra segunda lectura—fue cuidada por Dios, así también nosotros, quienes somos hijas e hijos de esa madre cuidada por medio de nuestro Dios sin prejuicio y sin distinción. La iglesia es una madre sin fronteras y sin muros.


En vista de un aniversario muy importante que el Santo Padre va a marcar mañana, el 13 de diciembre, el próximo día después de las fiestas guadalupanas—sus 50 años de vida y ministerio como sacerdote—creo que es muy apropiado de concluir esta reflexión con palabras del primer papa del continente americano. Porque, él también es hijo de la Virgen de Tepeyac. El Papa Francisco en su homilía del año pasado marcando la fiesta de la Morenita, la Virgen de Guadalupe, notó, “En la escuela de María aprendemos que su vida está marcada no por el protagonismo sino por la capacidad de hacer que los otros sean protagonistas. Brinda coraje, enseña a hablar y sobre todo anima a vivir la audacia de la fe y la esperanza. De esta manera ella se vuelve trasparencia del rostro del Señor que muestra su poder invitando a participar y convoca en la construcción de su templo vivo. Así lo hizo con el indiecito Juan Diego y con tantos otros a quienes, sacando del anonimato, les dio voz, les hizo conocer su rostro e historia y los hizo protagonistas de esta nuestra historia de salvación. El Señor no busca el aplauso egoísta o la admiración mundana. Su gloria está en hacer a sus hijos protagonistas de la creación. Con corazón de madre, ella busca levantar y dignificar a todos aquellos que, por distintas razones y circunstancias, fueron inmersos en el abandono y el olvido.”  

Como preguntó ella a Juan Diego, así también nos pregunta ella a nosotros esta noche: “Mijito, mijita, ¿No estoy aquí yo, que soy tu madre?”